Moraschi tienda-estudio: un emprendimiento familiar y 60 años de historia

Sole Huespe

Marta Moraschi y Mariana Caruncho son madre e hija. Pero también son socias en los negocios. Una es arquitecta, la otra es diseñadora de interiores y publicista, y se encontraron en una pasión común: el diseño de interiores. Desde allí decidieron continuar con el negocio de familia, pero con otro enfoque, trascendiendo mandatos y dejando atrás viejas estructuras. Así fue que, en plena pandemia, inauguraron una tienda-estudio que lleva el sello Moraschi, el cual cuenta con el respaldo de 60 años de trayectoria familiar.

Mariana Caruncho y Marta Moraschi en la puerta de su tienda-estudio.

Entrar a la casona de la calle Victorino Rodríguez en el corazón del barrio Cerro de las Rosas en Córdoba es un viaje de ida: un diseño exquisito, música tranquila y buen aroma transportan a cualquier cliente al lugar del que nunca quisiera irse. Un negocio que es más que eso: un espacio con visión, pasión y saber hacer.

La historia

«Venimos de una familia dedicada a la construcción de toda la vida. Mi abuelo fue un inmigrante italiano que empezó en el rubro y luego, con los años, fue montando una gran empresa de materiales para la construcción», reconstruye Mariana Caruncho, socia de Moraschi tienda-estudio e hija de Marta Moraschi. La empresa familiar se fundó al sur de la provincia de Buenos Aires hace más de 50 años. «Mis papás se dedicaron a eso toda la vida y en el año 2000 le compraron la sucursal de Córdoba a mi abuelo y se vinieron a vivir acá», continúa.

En Córdoba, la marca pasó por varias fases: desarrollo, construcción y un negocio más enfocado en baños y cocinas. Así continuó hasta 2019 bajo la dirección del matrimonio Caruncho-Moraschi. «Hace dos años atrás, mi papá tuvo un episodio de salud producido por estrés y decidió dejar de trabajar y cerrar el negocio», cuenta Mariana. Sin embargo, para Marta y Mariana quedarse sin trabajar no era una opción. Y entonces comenzaron a gestar el nuevo emprendimiento.

Mariana Caruncho y Marta Moraschi en el interior de su tienda-estudio.

La comunicación con los clientes como bandera

«Cuando se cerró el negocio en 2019, mi mamá me dijo que ella no pensaba dejar de trabajar, pero no la entusiasmaba seguir con el negocio tal como estaba planteado porque era muy frío, estaba más enfocado al corralón, a la provisión de materiales», apunta Mariana. 

Mientras tanto, Marta recuerda: «A las dos nos convocaba el diseño. Yo había participado de Casa FOA, Elportal, había desarrollado productos para grandes empresas como Ilva, Zanón y San Lorenzo. Así que decidimos, sin que nadie supiera, buscar un lugar para hacer lo que nos gustaba» y continúa:  «Mariana me dio la fuerza que yo a veces no tuve en una empresa familiar machista, fuerte, donde yo era la única mujer. Y dije: “¿por qué no muestro lo que sé hacer?” Y hay un momento en que a una se le aclara todo y piensa que en la vida siempre se está a tiempo para hacer lo uno siempre quiso hacer».

Justo cuando estaban por inaugurar el local (la casona), Marta quedó varada en Europa. Era marzo de 2020 y comenzaban las cuarentenas en los diferentes países. Sorteado el momento, lograron abrir el estudio Moraschi y la historia que le siguió es conocida: a los comercios «no esenciales» no se les permitió la apertura al público. «Tuvimos que cerrar las puertas recién abiertas, pero lo que se vivió a partir de ese momento fue un boom en el diseño de interiores. La gente empezó a vivir sus casas. Así que para nosotras fue como un tsunami», aseguran.

¿La clave? Una comunicación muy fluida con la clientela histórica de los viejos negocios y una relación basada en la confianza y el peso de la marca. «Tenemos mucha trayectoria, clientes que traemos del negocio anterior de años. De esa forma pudimos reconvertirnos y salir fortalecidas».

«Hay un momento en que se aclara todo y pensamos que en la vida siempre se está a tiempo para hacer lo que uno siempre quiso hacer».

(Marta Moraschi)

Un inicio cauteloso

Cuando le preguntamos a Marta Moraschi por qué al principio decidieron no contarle a nadie la idea que tenían, nos respondió que ella no quería decir nada porque su marido estaba muy cansado y él no quería más responsabilidades. «Él solo quería dedicarse a viajar. Pero yo pensé que podía viajar algunos días al año… ¿y el resto? Yo no me iba a quedar de brazos cruzados. Así que con Mariana nos pusimos en acción. Y pensaba que si le contaba a mi marido, no nos iba a apoyar. Y al principio, cuando uno tiene una idea fuerte, debe cuidarse mucho de las ideas negativas. Por supuesto ahora nos apoya, pero en ese momento sentí que era una forma de cuidar la idea».

El compromiso social como sello

Madre e hija son conscientes de que el diseño de interiores no es una cuestión de primera necesidad. Y justamente por eso buscan ser muy responsables en su accionar y nos cuentan que, en sociedad con Carolina Pavetto, empezaron a diseñar una silla que se llama Qasiqay (paz en quechua). «Está elaborada por artesanos de una comunidad de Santiago del Estero que también hacen alfombras. Las mujeres trabajan la lana y los hombres hacen la carpintería en madera de chañar, se les paga de manera justa y se les enseña».

Silla Qasiqay (paz en quechua), ganadora del Sello de Buen Diseño argentino.

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